miércoles, 19 de septiembre de 2012

MARIANO FERREYRA, DIARIO DEL JUICIO: Día 17


El que dice la verdad, puede repetirla cuantas veces sea necesario


17 de septiembre
Hoy declararon cuatro testigos: dos compañeros del Partido Obrero que participaron de la movilización en apoyo a los tercerizados ferroviarios, un chofer de la empresa Chevallier y el chofer de la ambulancia que trasladó a Mariano, Elsa y Nelson hasta el hospital Argerich. Uno de los compañeros de Mariano describió a un tirador.
Los testimonios volvieron sobre el relato de los hechos. Son versiones que van variando en distintos matices porque la percepción de cada uno de los testigos es diferente, pero en lo sustancial, sus descripciones confluyen en un relato único y coherente. Cada testimonio aporta un nuevo elemento que se integra a los anteriores. Todos los caminos conducen a Pedraza: se trató de un ataque alevoso, planificado por la cúpula de la Unión Ferroviaria, para aleccionar a los tercerizados. Su motivación: la defensa de los negocios que la burocracia compartía con los empresarios de Ugofe en torno a la tercerización laboral en el ferrocarril sobre la base de los subsidios estatales. Eso es lo que, jornada tras jornada, emerge de de este juicio.
Médico y compañero de las víctimas
El doctor Leo Wul milita en el Partido Obrero de la zona sur del Gran Buenos Aires. Concurrió a la marcha para apoyar a los tercerizados pero inesperadamente tuvo que actuar como médico. Fue su determinación que los heridos debían ser trasladados inmediatamente a un hospital. Apoyó esa decisión sobre todo porque, como afirmó desde el estrado, “no nos podíamos comunicar al 911 ni tampoco encontré ningún policía que pudiera llamar directamente a través de la radio”. La ambulancia del Same finalmente tardó más de 20 minutos en llegar al lugar. Para ese entonces, los compañeros ya habían ingresado al hospital Argerich a bordo de una ambulancia particular que casualmente circulaba por la calle Luján.
“Llegué a la estación Avellaneda al mediodía pero no encontré a los manifestantes. Crucé el puente Bosch. Ahí había policías y, sobre la vía, un grupo de ferroviarios vestidos con ropa de trabajo. Doblé por la calle Luján, vi dos patrulleros cruzados y unos 200 metros más allá, a los tercerizados que estaban haciendo una asamblea. La gente ya se estaba retirando”.
“Acompañé a la columna hacia la avenida Vélez Sarsfield. Dos mujeres gritan ´nos vienen corriendo, nos vienen corriendo´”. Leo dijo que escuchó cuatro o cinco detonaciones. “No me di cuenta de que eran disparos hasta que a unos metros detrás mío cae Elsa. Fue dos o tres minutos después de los gritos de las mujeres. Me acerco a Elsa y veo que tiene herida de bala en el frontoparietal izquierdo. A su vez, me llaman los compañeros porque estaba herido Mariano. Lo encuentro casi sin pulso, muy mal, en coma”.
Lograron parar una ambulancia. Leo le dijo al chofer que, como profesional, se hacía responsable. Viajó con ellos hasta el hospital. “En el Argerich me informan que Mariano estaba muerto. No puedo asegurar si llegó muerto o no. Tenía una hemorragia interna muy grave. No les quise decir nada a los compañeros en ese momento, pero yo tenía la íntima convicción de que se hiciera lo se hiciera, no iba a sobrevivir”. Las defensas –especialmente el abogado Freeland- apuntaron sus interrogatorios hacia una supuesta “negligencia” en la asistencia a los heridos. Los abogados pretenden forzar un “relato” en el cual los agredidos fueron los patoteros y la responsabilidad por la muerte de Mariano y las secuelas sufridas por Elsa, de sus propios compañeros. Esta versión pervertida de los hechos suena cada vez más patética en la sala.
El vecino barrabrava
El otro testimonio de los compañeros de Mariano fue el de Edgardo, también militante del Partido Obrero de la zona sur del Gran Buenos Aires. Cuando le preguntaron por las generales de la ley, dijo que conocía a Mariano (“una persona excepcional”) y a Elsa (“una gran organizadora de los comedores populares”), con quienes compartía militancia en el distrito de Berazategui. También conocía a uno de los imputados, Guillermo Uño, de quien era vecino en Florencio Varela. “Antes de que ocurriera esto nos saludábamos, no más que eso. Nos conocíamos del barrio. Después, obviamente ya no”. Dijo de Uño que “vendía golosinas hasta que un día ingresaron al ferrocarril él y varios miembros de su familia. Su hermana juntaba gente para los actos del Frente para la Victoria y su hermano había sido candidato”. También afirmó que “sabíamos que Uño era parte de la barrabrava de Defensa y Justicia”. Al igual que Cristian Favale. Reconoció a Uño en una de las fotografías de la patota que se le exhibieron.
Edgardo relató pormenorizadamente los hechos. Escuchó siete detonaciones. “Me doy cuenta que son armas de fuego porque un compañero tercerizado grita y veo que le sangra la pierna”. Edgardo dijo que vio a un tirador ubicado a 50 metros sobre su derecha, vestido con ropa oscura, empuñando un arma con su mano derecha. Explicó que había llevado algunos palos en un bolso para una eventual autodefensa. “Los sacamos pero no los usamos, porque nunca hubo un enfrentamiento cuerpo a cuerpo”, dijo.
“Tiraron y se fueron. Algunos compañeros los corrimos. Ellos traspasan los patrulleros y se quedan ahí. Les dijimos a los uniformados ´están tirando con armas de fuego y ustedes no están haciendo nada´. Les dije que iban a tener que rendir cuentas por eso. Los dejaron pasar. Había uno que parecía ser un jefe, que estaba de traje azul y hablaba todo el tiempo por teléfono. En un momento, otro compañero me dice: ´si los dejaron pasar una vez, quien te dice que no lo hagan de vuelta´. Volvimos con los compañeros y entonces nos dicen que Elsa estaba herida y Marianito también, que se habían ido en una ambulancia al Argerich”, dijo Edgardo. Fue el único momento en el que se le quebró la voz. “Nos tomamos un colectivo a Callao y Corrientes para hacer manifestación pública y denunciar la agresión que habíamos sufrido”.
El testimonio de Edgardo fue contundente y los abogados defensores no sabían por donde encararlo. Comenzaron a reiterar preguntas que ya habían sido contestadas por el testigo. En un momento, la fiscal objetó esto cuando Edgardo ya había respondido la misma pregunta por segunda vez. El presidente del tribunal repuso: “quien dice la verdad puede, decirla dos veces, y lo que contestó recién el testigo fue exactamente lo mismo que dijo antes”.
Un hombre asustado
El testimonio de José Spengler fue singular. Es un chofer de la empresa Chevallier que no declaró en la fiscalía sino solamente en la comisaría 30, pocos minutos después de los hechos.
Cuando subió al estrado, lo primero que atinó a decir fue “lo mío es corto, porque yo no vi nada”. Lo único que contó fue que vio a nuestros compañeros sentados en la esquina de Luján y Perdriel y que como él les teme a las manifestaciones, estacionó el micro en el cordón de la vereda y se alejó rápidamente del lugar.
La fiscal lo confrontó con su declaración en sede policial. El testigo negaba cada frase. El presidente del tribunal intervino para preguntarle si se sentía atemorizado. El testigo continuaba negando todo. Entonces el juez fue más duro: le recordó que estaba en un juicio y que era testigo de un hecho en el que ocurrió la muerte de una persona. Finalmente, el chofer cedió. Reconoció que temía por él y por su familia y pidió garantías. El tribunal ordenó desalojar al público de la sala (algo un poco absurdo, en definitiva, porque tenía a los imputados sentados delante suyo) y le garantizó que adoptarían medidas para resguardar su integridad. Recién entonces Spengler recordó todo: todo lo que figuraba en el acta de la comisaría era -detalles más, detalles menos- lo que había visto. Que llegó conduciendo un micro de la empresa, que el portón estaba cerrado y que el policía de calle lo hizo estacionar en junto al cordón. Que la columna (“había hombres, mujeres, chicos”) se retiraba hacía Vélez Sarsfield y que el otro grupo “venía lejos”, desde la vía; que se ocultó junto al policía (sic) debajo del micro; que escuchó una docena de detonaciones, pero no vio a nadie; que vio que entre la patota ferroviaria (“no sé a quién representaban pero tenían vivos en el uniforme, como los de los recolectores de basura”) a gente que hurgaba y buscaba cosas en el piso. A los tres o cuatro minutos, corrió hacia la avenida buscando escapar del lugar. Ese mismo policía lo llevó luego a la comisaría, pero el uniformado no declaró nunca en la causa.
No se puede juzgar el temor de Spengler, que finalmente contó todo lo que vio. Otros testigos continúan recibiendo amenazas y aprietes. La patota continúa activa. El terror es su recurso desesperado.
Ambulancia
El último testimonio fue el del chofer de la ambulancia que trasladó a los compañeros. Fue un relato breve y conciso. Fundamentalmente explicó que ningún policía se acercó a él sino que consiguió que lo acompañara una moto policial que estaba estacionada a varias cuadras del lugar y porque se lo pidió, ya que la sirena de la ambulancia no funcionaba.
Esta semana declararán varios compañeros más de Mariano. La verdad se repetirá cuantas veces sea necesario.


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