sábado, 15 de septiembre de 2012

MARIANO FERREYRA, DIARIO DEL JUICIO: Día 16



La solidaridad con “los buenos”


En la audiencia del día 16 tuvieron lugar testimonios muy fuertes. La sala estuvo colmada de obreros, maestros y estudiantes en cuyo recuerdo quedarán grabados para siempre.
Declaró un trabajador, compañero de Mariano, quien identificó a Favale y relató de forma pormenorizada el ataque en retirada.
Más tarde declaró un albañil que, cuando la patota atacó, estaba comiendo de parado en una parrilla. No estaba al tanto de nada, pero cuando vio a la patota atacar, no tuvo dudas sobre de qué lado estar, “del lado de los buenos”, según sus propias palabras. Minutos después, a pocos metros, “los malos”, asesinaban a Mariano y herían de gravedad a Elsa y dos compañeros más. A pesar de amenazas y hasta balazos que hirieron a uno de sus hijos, se mantuvo firme en su declaración, y hasta  identificó al testigo “aportado por el gobierno” como uno de los que encabezaba la patota con algo que posiblemente fuera un arma.
Otro policía bonaerense, también de fuertes lazos con Favale y los barras brava de Defensa y Justicia, fue el último testimonio.
“Se nos venían encima como malón”
Primero declaró Néstor M., militante del Polo Obrero de Esteban Echeverría. Es un hombre de unos 60 años, que repara equipos de refrigeración y que para octubre de 2010, hacía muy pocos meses que había comenzado a participar de las movilizaciones del Polo. Su testimonio fue sólido como una montaña. Hizo un relato muy pormenorizado de los hechos y señaló con absoluta seguridad a Cristian Favale como uno de los tiradores.
“El 20 de octubre, a eso de las 10 de la mañana, fui a Avellaneda participar de una protesta por los tercerizados del ferrocarril Roca. Esperamos hasta las 11:30. Cuando nos encolumnamos, los compañeros nos advirtieron que en las vías estaba la patota de la Unión Ferroviaria y nos llamaron a no responder agresiones ni insultos  y que solamente marcharíamos”.
“Fuimos costeando las vías. Desde abajo, veíamos en el terraplén a un montón de personas que gesticulaban y soltaban amenazas hacia nosotros, que íbamos cantando por la calle. Un pelotón de policías -que creo que eran de la Policía Federal pero tengo dudas-, con escopetas y escudos se nos adelantó. Yo iba a mitad de la columna. Cruzamos el Riachuelo y habremos avanzado unos 100 metros cuando escuché un griterío, disparos y empezó a caer una lluvia de piedras. Primero me escondí en una esquina, detrás de un cartel de publicidad. Algunas piedras que rebotaron en el pavimento me pegaron en las piernas y me alejé todavía más. Vi compañeros con golpes, con la cabeza sangrando, que eran los que habían intentado subir a las vías”.
“Nos alejamos otros 200 metros. Había dos patrulleros enfrentados, como cortando la calle. Llegamos a una parrilla al paso y nos distendimos. A esa altura, lo que había pasado era una anécdota. Algunos compañeros se refrescaron, otros comieron algo. Estuvimos ahí como una hora y pico. Se hizo una asamblea: unos querían ir al hall de Constitución a protestar por la agresión, otros decíamos que la protesta ya había sido hecha y finalmente se decidió irnos”.
“La gente se empieza a ir, al menos la gran mayoría, caminando hacia la avenida Vélez Sársfield. Había muchas mujeres y chicos. Yo me había quedado al lado de la parrilla, apoyado de espaldas a las vías sobre el baúl de un Falcon viejo. Escucho que alguien grita ´guarda que bajan´, me doy vuelta y veo que vienen corriendo hacia nosotros. Corrí en dirección contraria, pasé por la puerta de Chevallier y en la otra esquina escucho que uno grita ´un cordón acá´. Como no podía correr más, me quedo en el cordón. Se nos vinieron encima, era un malón que metía miedo. Agarré unas piedras para defenderme. Se frenan a unos 40 metros y ahí empieza el pedrerío. Tiré dos o tres piedras, pero como pegaban en las ramas de los árboles, me corrí al medio de la calle. Escuché tres disparos seguidos pero no les presté atención porque pensé que era de nuevo la policía. Entonces veo a un individuo con un arma que hace dos disparos desde unos 30 o 35 metros en línea recta hacia nosotros. Vi los dos fogonazos. Entonces este hombre baja el arma y con la otra mano veo que la manipula con el caño para abajo. No sé qué quería hacer, supongo que abrirla para recargarla. Como no pudo, salió corriendo y se metió en un grupo que es como que se abre para recibirlo y después se cierra”. Este detalle confirma (por enésima vez) que había una organización previa, que todo estaba pautado: la llegada y salida de los tiradores, la distribución de las armas, su ocultamiento. Afirmó haber escuchado ocho disparos en total, de diferentes calibres, que pudo reconocer porque su padre era cazador y además hizo el servicio militar. Describió al tirador que pudo visualizar como de 1,75 de altura, robusto, de pelo corto y barba candado, vestido con una remera azul y pantalón de jean o de trabajo. Cuando vio su cara en los noticieros no tuvo dudas de que se trataba de Cristian Favale.
Néstor no conocía a Mariano. Lo vio por primera vez tirado en el piso, con la remera levantada y un orificio a la altura del hígado. Cuando le preguntaron qué hizo la policía, dijo: “Nada”.
Cuando terminó de hablar, parecía que a las defensas les había pasado por encima una aplanadora. Uno de los jueces poco menos le ordenó que tomara un trago de agua. Este compañero reveló una memoria implacable y además habló con una seguridad que dejó sin aliento hasta el más verborrágico de los abogados defensores. Cuando éstos intentaron ponerlo en contradicción con su primera declaración, sus respuestas fueron tan contundentes que no dieron lugar a réplicas.
A esta altura, el partido ya estaba ganado. Lo que vino después se podría decir que fue directamente humillante para Pedraza y su patota.
Los buenos y los malos
El siguiente testigo fue Alberto Esteche, que el 20 de octubre de 2010 estaba almorzando (“de parado, yo en la parrilla como siempre de parado”) en un puestito ubicado en la esquina de Luján y Perdriel junto a su hijo, a pocos metros de donde caería Mariano. Esteche vive en Barracas desde hace 26 años. En ese momento, tenía una changa de albañil ahí en el barrio. Ahora es empleado en una distribuidora de gaseosas. Le habían dado permiso para salir al mediodía, y como la cosa venía más rápido que lo previsto, el tribunal tuvo que adelantar el receso del almuerzo hasta que finalmente llegó.
Esteche ingresó a la sala con paso firme. Los detenidos estaban todos presentes. Cada vez que declaran testigos presenciales de los hechos, vienen todos. Deben pensar que intimidan o algo por el estilo pero hasta ahora ningún testigo se mosqueó porque estuvieran ahí. Esteche no iba a ser la excepción, para nada.
Ocurre que las pasó todas: la noche anterior a su declaración en la fiscalía, allá en el 2010, le balearon la casa. Treinta y seis tiros. Uno le produjo heridas muy graves a uno de sus pibes. Además, a sus dos sobrinos que trabajaban en el ferrocarril, en los talleres del kilómetro 4, los despidieron justo después de que declaró. Si pasó todo eso y vino hoy, no se iba a achicar delante de ellos.
Apenas se sentó en el estrado, descargó un relato breve pero brutal.
“Estaba comiendo en la parrilla. Los del Partido Obrero estaban con las banderas rojas yéndose, no eran más de 50. Había mujeres embarazadas, chicos. Unos chicos de los que se estaban yendo se ponen con unos palos tapando Luján. Armaron una valla al ver a los otros venían. ´Que se vayan las mujeres, nosotros nos quedamos´, habrán pensado. Los otros eran un montón, por lo menos 80. Venían gritando, putendo, ´les vamos a pegar, son unos muertos de hambre, los vamos a matar´”.
“¿Qué hacían estas personas?”, quiso saber la fiscal. “¿Los buenos o los malos?” pidió Esteche que le aclarara. “No vamos a usar calificativos. Me refiero a los que venían corriendo desde el lado de las vías”, repuso la Dra Jalbert. “Sí, los malos”, concluyó Esteche. Se notaba que no venía a perder tiempo. No hubo manera de moverlo de ahí. Los defensores tuvieron que adaptarse para poder hacer interrogarlo. Estaban los buenos y estaban los malos, y se acabó. No se iba a poner a discutir ahora eso.
“Primero les empezaron a tirar piedras, después empezaron los tiros. Lo metí a mi hijo debajo de un camión y le dije al parrillero que escondiera las cosas, a ver si le robaban. Las mujeres corrían. Veo que un muchacho agarra a otro pibe que estaba haciéndose pis. Lo llevan para la pared de la esquina. Estaba meándose y defecándose. Pensé que tenía un ataque de epilepsia, pero cuando le levantan la remera, le ven el tiro”. Esteche ayudó a subir a Mariano a la ambulancia.
“Yo agarré un palo y lo corrí a ese”, dijo Esteche señalando con el dedo índice al ´Payaso´Sánchez. “Mucho no iba a hacer, pero bueno”. Un defensor le preguntó para qué había agarrado el palo. “Porque quería pelear del lado de los buenos”, contestó Esteche, dejando definitivamente aclarado el punto. Señaló a González -el que aparece en los videos de C5N con cuello ortopédico- como uno de los más exaltados, que puteaba y amenazaba a todo el mundo. “Cuando se iban, se quisieron hacer los malos con unos choferes de Chevallier que estaban ahí”.
Esteche dijo que vio a dos personas haciendo ademanes de ocultar en la cintura lo que cree que eran armas. Uno de ellos, “una persona medio norteña”; al otro, que lo señaló en un video que le mostraron en la audiencia, era Benítez, el testigo protegido que llegó a la causa de la mano del intendente de Quilmes y del gobierno. Esteche no tiene la certeza de que se tratara de un arma, pero lo que contó es lo que vio. “Era uno de los capitos, porque le decía al del cuello ´ya está, ya está, vámonos´”.
Escuchó un disparo, aunque no pudo visualizar al tirador. “Era un calibre chico, como de 32 o de 22″, afirmó. A Mariano y a Elsa le dieron con una 38. La patota tenía muchas armas.
“La policía llegó como a los diez o quince minutos. Había un patrullero antes de llegar al puente con dos policías. No hacían nada”. Esteche dijo que levantó tres plomos deformados del piso y que se los dio al cree que era el comisario o subcomisario, que estaba de traje. Esa misma tarde declaró en la comisaría. Allí pidió ver videos pero no le mostraron nada. Reconoció a los tipos en la televisión.
Los patoteros lo miraban con odio. Terminó de declarar y salió de la sala tan seguro como había entrado. “Gracias, gente”, se despidió, como dando el mazazo final.
Un policía y las últimas chicanas
El último en declarar fue el subcomisario Romero, de Florencio Varela. Al igual que su jefe, el comisario González, tenía trato fluido con Favale, que integraba la barrabrava de Defensa y Justicia y participaba de las reuniones con la policía en las que se coordinaban los movimientos de la hinchada en los partidos.
El 20 de octubre de 2010, Romero redactó un informe muy particular. Los cómplices de Favale se desplazaban hacia Avellaneda y fueron demorados por un control policial. Eran nueve personas arriba de un auto. Favale llamó entonces a Romero para pedirle explicaciones sobre ese percance “porque los muchachos iban para un acto político”. Insólitamente  (o no), el subcomisario hizo las averiguaciones a pedido de Favale, que finalmente se arrimó al lugar en un segundo automóvil y pudieron seguir viaje. La fuerza de choque reclutada por Pedraza se dirigía a cometer la emboscada que tenían prevista pasando por las narices de la policía. Barrabravas, punteros, canas y burócratas sindicales se manejan en la misma esfera de relaciones y negocios cruzados. Este juicio pone eso de manifiesto en cada audiencia.
En el último acto, finalizadas las declaraciones, el abogado Freeland hizo un confuso pedido basado en recortes periodísticos sobre un paro en el Sarmiento y sobre un posteo de la ex fiscal del caso, Cristina Caamaño. En parte era difícil de entender qué pretendía. Pasado en limpio, apunta a anular la investigación, o parte de ella. O al menos, hacerse ver como alguien activo delante de sus defendidos. En definitiva, son abogados que cobran una pequeña fortuna por cada audiencia.  Y no tienen mucho más que ofrecer que un poco de teatro. Cada prueba, cada recoveco que sigue el juicio, acercan a Pedraza y los suyos a la condena a perpetuidad.
El juicio se reanuda el próximo lunes. La semana que viene declaran más compañeros de Mariano.Para comunicarse: potigre@yahoo.com.ar
Luis Antón: 1561076227
Martín Silva: 1569464740

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MARCHA POR EL JUCIO Y CASTIGO A LOS ASESINOS DE MARIANO FERREYRA